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Colapso sanitario en Brasil



La aparición del Covid-19 en el escenario mundial implicó un gran desafío, en mayor o en menor medida, para cada uno de los habitantes alrededor del globo. En ese sentido, es sabido que la mitigación de los efectos negativos que trajo consigo la pandemia en las distintas sociedades continúa siendo una de las mayores contiendas que enfrentan los Estados, pues, su impacto no solo se da en materia de salud sino también en otros ámbitos como en la educación, la economía, el empleo, y por supuesto, a nivel político. La disparidad de las políticas implementadas ha sido de tal magnitud que las diferencias en cuanto a las medidas sanitarias y a los resultados obtenidos han sido notorias en todas las regiones del mundo, incluyendo a una de las más golpeadas, América Latina.

La desigualdad subyacente en toda la región tiñó de negro el escenario latinoamericano. Así esta semana Chile, el país líder en vacunación, ha decidido volver al confinamiento obligatorio del más del 70% de su población, ya que, la cifra de contagios asciende vertiginosamente sin intensiones de frenar. Asimismo, en otros países como en Paraguay el ascenso de los contagios pone en jaque a todo el sistema sanitario que ya no cuenta con camas de terapia intensiva para internar a los enfermos. Los mismos son atendidos en los pasillos y sus familiares deciden acampar afuera de los hospitales en estado de alerta constante para cuidar que a sus seres queridos no les falte atención médica, medicamentos, oxígeno y comida. Otros países, como Argentina, Uruguay, Colombia y Perú comenzaron el análisis para la implementación de restricciones más estrictas en las próximas semanas con el fin evitar y reducir los contagios de la “segunda ola”. Pero sin dudas, el país que más preocupa y que materializa los miedos acerca de todo lo que puede salir mal, es Brasil.


El gigante sudamericano que hasta comienzos de este mes de marzo era el tercer país con más casos en el listado mundial por detrás de los Estados Unidos de América e India, y el segundo con mayor cantidad de muertos, alcanzó un nuevo récord que lo llevó al colapso sanitario en varios de sus estados y que amenaza con expandirse ante la inacción del Estado federal. Así, con una población superior a los 210 millones de habitantes esta semana, Brasil, traspasó la terrible cifra de los 300.000 fallecidos, registrando a su vez, más de 97.000 contagios en veinticuatro horas; y lo que es aún peor, 2.639 muertos.

Así, las cifras distan mucho de descender. La política llevada adelante por Jair Bolsonaro frente a la pandemia dejó subsumido al país en una crisis de emergencia sanitaria que no logra ser contrarrestada, a pesar de las 18.590.208 dosis de la vacuna que ya fueron aplicadas. De este número, 14.074.577 se corresponden a la aplicación de una dosis y 4.515.631 cuentan con la aplicación de las dos dosis. Sin embargo, no es suficiente.

En este contexto, Brasil se vuelve propicio para la proliferación de nuevas mutaciones del virus, además, de la famosa variante conocida como “la cepa de Manaos” que ya circula en los países limítrofes. Se ha comprobado que las nuevas mutaciones son más contagiosas y peligrosas incluso para los recién vacunados, dado que, para que la vacuna realmente cumpla con el efecto deseado es necesario que transcurran quince días después de cada aplicación. Según algunos expertos, si el virus no es controlado, se corre el riesgo de que en un futuro cercano las nuevas cepas puedan “adaptarse” a los anticuerpos que generan las vacunas haciéndose resistentes a ellas, lo que irremediablemente podría tener consecuencias caóticas no solo para los brasileños.



Manaos se transformó en el ejemplo más dramático de la pandemia con hospitales colapsados, faltantes de tubos de oxígeno y cementerios con inmensas fosas comunes. El virus se reprodujo tanto que ha creado una nueva cepa mucho más contagiosa denominada: P.1. o “cepa de Manaos”.


Este panorama no es una casualidad sino una consecuencia de la ausencia de medidas sanitarias. La política de Jair Bolsonaro, que dicho sea de paso lleva en su haber al cuarto ministro de salud, no aplicó ninguna medida de contención del virus. En el Brasil de Jair Bolsonaro no se han implementado cuarentenas, restricciones; cierre de negocios o algo tan simple como el distanciamiento social, el uso de barbijo o de alcohol en gel. Sin embargo, lo verdaderamente triste es que esa ineficiencia hoy se traduce en la pérdida de vidas.


Desde un comienzo, el presidente de Brasil generó controversias y polémicas en cuanto al virus. En un primer momento, tomó una postura negacionista relativo a la existencia del mismo, posteriormente, alentó a sus ciudadanos a tomar hidroxicloroquina minimizando sus efectos y, más tarde, frustró la adquisición de vacunas de origen chino pregonando que su país “no sería un conejillo de indias”. En medio de tanto cambalache mediático, criticó las decisiones de los países vecinos como Argentina que, de la mano de Alberto Fernández, hace poco más de un año atrás decidía entrar en un confinamiento estricto priorizando la salud y la vida de los argentinos. La diferencia en la adopción de medidas de un lado, y la no adopción de ninguna medida por el otro, no hizo más que seguir agrandando la brecha entre los países. A pesar de los intentos de acercamiento por parte de funcionarios de ambos gobiernos, el cual es fundamental y necesario por tratarse de dos Estados que son pilares de la región y del Mercosur (justo que se cumplen treinta años de la firma del Tratado que le dio su origen), Bolsonaro no pierde oportunidad para tomar una postura reticente que coquetea con la agresividad verbal cada vez que se refiere al presidente argentino y/o a sus políticas logrando frustrar cualquier intento de acercamiento o de cooperación.



Este 24 de marzo luego de un discurso donde Bolsonaro volvió a minimizar la gravedad de la crisis sanitaria que vive Brasil, se produjo el cacerolazo más grande en la historia de Brasil en todas las ciudades en contra del presiden brasileño.


Nadie se salva solo” esa es una de las frases preferidas de Alberto Fernández para hacer alusión a este momento crítico que padece el mundo, se podría decir, entonces, que Brasil es el ejemplo de lo que pasa cuando se está solo bajo un Estado que lejos de importarle el bienestar y la salud de sus ciudadanos los olvida y los deja a la merced de una pandemia que para todos los habitantes, especialmente para los brasileños, tiene un alto costo mortal.


Olivia Raquel Irala González

Abogada de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Maestranda en Relaciones Internacionales de la UBA. Auxiliar docente en la asignatura “Elementos del Derecho Penal y Procesal Penal” de la carrera de Abogacía, Facultad de Derecho UBA. Cursando el Posgrado de Especialización en Derecho Penal en UBA

Consultora - Colaboradora del think tank IxD (Ideas por el Desarrollo).



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